miércoles, 7 de julio de 2010

Trato de recordarlo, porque te lo escribí ayer mismo, sobre la servilleta de un café de la Gran Vía a duras penas, con la prisa de partir hacia aquí, para verte, mientras anochecía, y se me  hacía tarde, y la calle se iba llenando de su gente otra vez, de gente un poco desatada quizás, como muy de repente, porque ayer, cuando cayó la noche, ciertamente refrescó un poco al fin, y ya sabes cómo se pone esto cuando refresca, que a todos se les da por echarse a las calles, y a los pasos de cebra, y a las terrazas de las cafeterías,  y parecen recuperar la sonrisa al menos por unas horas, y conversan y comen, y algunos aprovechan incluso para emborracharse un poco, con la tregua, o para hacer el amor, hasta el punto que uno puede escuchar los jadeos desde la calle, mientras camina, y luego los suspiros, e interpreta las pausas de esa especie de coro que compite, como en guerra de gozos y de pasiones, como si los amantes en conjunto se hubieran confabulado, para amarse sincronizadamente, casi como una orquesta,  hasta que el calor vuelve en sí, cuando regresa el día, y con el día el  paso de las horas termina de nuevo por convertir la vida en algo insoportable, y hasta besarse es incómodo, y abrazarse un infierno, y a los amantes el amor vuelve a pesarles una tonelada, como siempre, por más furtivo y loco, por más desenfrenado que resulte su amor.
Trato de recordarlo, el poema, porque te lo escribí ayer mismo, aunque al rato de hacerlo la servilleta voló del bolsillo de mi camisa, y con ella el poema y lo que te contaba en él, muy mal escrito, acera abajo, revoloteando,  hasta llegar al río y deshacerse con el agua en miles de pedacitos, y ser pasto de los peces, sin que llegue a saber si te recordarás por fin de que hoy debías verme, después de tantos años, que es lo que pretendíamos. Porque en definitiva para eso era el poema, sólo un recordatorio para ti. Un poema para que no olvidases  que esta vez sí, que hoy a las doce, en la mitad del día, en la cafetería de siempre, como en los viejos tiempos, junto a los ventanales, en nuesto sillón verde, tal y como me prometiste, después de tanto tiempo, esta vez no volverías a dejarme plantado, esta vez te vería al fin, y podría estrecharte luego en un abrazo pero nada.