De pronto estaba allí. A los pies la cama, vestida con mi albornoz, con la melena rubia oculta bajo una toallita blanca, una de esas toallitas que uno suele robar en los hoteles, de tocador, con las iniciales de mi hotel favorito bordadas en seda pálida, una mujer espléndida, ya digo, bellísima, elegante y sutil como una puta rusa. ¡De veras!… como una puta rusa de las caras.
Así permaneció, sin decir nada, por un rato, con las piernas abiertas en mi espalda, acariciándome. Cuando se humedeció por fin se deshizo del albornoz . Se tumbó nuevamente sobre mí, me clavó su mirada. Me susurró al oído: "Amor,
has de tener presente que soy Dios"
Así permaneció, sin decir nada, por un rato, con las piernas abiertas en mi espalda, acariciándome. Cuando se humedeció por fin se deshizo del albornoz . Se tumbó nuevamente sobre mí, me clavó su mirada. Me susurró al oído: "Amor,
has de tener presente que soy Dios"
Así se presentó. Desnuda y empapada. Sobrehumana
Tanto que sin dudarlo la creí