No hubo llamadas de embarque ni rótulos fluorescentes. No hubo retrasos. No hubo un café apestoso a media tarde, a solas tú y yo, en alguna cafetería de mala muerte, ni se detuvo el mundo mientras nos observábamos, en silencio, fijamente a los ojos, ni alargaste tu mano, bajo la mesa, para tomar la mía, no te temblaba el pulso ni nada parecía para nada amor en especial. Ni siquiera, aquella misma mañana, como por casualidad, no despertamos ambos mientras amanecía, ni tú estabas desnuda bajo la luz del sol, más bonita que nunca entre las sábanas . No hicimos el amor. No tomamos la ducha juntos. No entregamos la llave en recepción. Tampoco algo después, como suelen hacer las parejas de enamorados, dimos ningún paseo hacia la playa. Por supuesto, tampoco fuimos a comer al parque, ni, al arrullo de la brisa, bajo un hermoso árbol, nos besamos apasionadamente, por última vez No prometí escribirte algún poema. Nadie perdió su equipaje. No hubo cinta transportadora ni azafatas bonitas. Nadie pidió mi tarjeta de embarque, ni tampoco mi pasaporte. No echó a volar tu sombrero mientras nos abrazábamos, ni te dije te quiero, mi vida, junto al avión en blanco y negro, no hubo viejos motores de hélice, ni al llegar al hotel pedí en la recepción un taxi a La Corniche. No estuvimos jamás juntos en Casablanca. No me juraste una eterna amistad mientras nos despedíamos. No me besaste en la boca, al fin, ni te estreché muy fuerte entre mis brazos como nunca. No hubo ningún tipo de despedida. El aire de los motores no echó a perder tu bonito peinado. No te quejaste, convencida de no estar suficientemente hermosa, ni retiré de tu rostro el flequillo, no estabas deslumbrante, ni pensé en ti como la mujer más bella de este mundo. No te dije te quiero. Nadie me dijo y yo te quiero a Ti. No te observé cuando al fin te alejabas, cada vez más pequeña, por la pista del aeropuerto, no hubo coche-escalera, ni pude verte mientras desparecías dentro del avión, siempre tan elegante. No hubo primera clase, no hubo instrucciones de cabina Las azafatas no coquetearon con el comandante, ni los pasajeros abrocharon sus cinturones. No hubo permiso para despegar, ni comida precocinada a la hora de almolzar. En serio. No hubo ninguna despedida. No acabé, disimuladamente, por echarme a llorar, solo contra ninguna esquina. No hubo nada de dramatismo, insisto. No hubo nada de lágrimas. No hubo música alguna de tambores. No hubo música en absoluto, de hecho, ni maldije mi suerte con las mujeres. No acabé prometiéndome a mí mismo “nunca más”. No hubo nada de todo eso, ya digo. Sin embargo, por otra parte, no se podría hablar tampoco de un funeral. La verdad: no recuerdo los salmos, la procesión, ni el féretro. No busqué en el armario, un rato antes, el traje viejo de enterrar. Aquella tarde, sin ir más lejos, no me puse a planchar esa horrible corbata negra de mi abuelo, ni recuerdo tampoco haber llorado desconsoladamente, como tampoco recuerdo el clamor de clarines ni recuerdo, en serio, siquiera recordar, como hago siempre en estos casos, especialmente a mi padre, que es a quien verdaderamente añoro, en realidad. Por no sentir, ni siquiera recuerdo haber sentido eso que es tan extraño, eso que se siente cuando se aprecia al muerto en según qué entierro, eso que aflora cuando se pierde algo, eso que se pasa a los pocos días, esa especie de anhelo hacia el fiambre, ese frío interior, esa especie de mal rollo tremendo. Una mierda de cojones. Pero ni eso. Ya digo. Por no haber no hubo ni coronas de flores. No hubo siquiera un “no te olvidaremos”. Nada… No me estremecí por el golpe que da la tierra, justo a la altura de mi cara, con la primera palada. No hubo caja roble. No hubo sepulturero. No acudió mi familia, o mis amigos…y lo que es peor, ni una sola de todas mis mujeres, ni una sola, ni una sola, asistió. No disfruté de verlas presumiendo , como siempre tan coquetas, encantadas de poder desfilar con sus vestidos, criticándose como plañideras, flirteando con cualquiera de mis amigos, como una manada hipócrita de cocodrilos a la espera de una oportunidad. Mis hijos no me maldijeron. La mañana no amaneció lluviosa. No se bebió a mi costa en la taberna. Nadie se desahogó. Nadie me echó de menos aquella noche ni una sola mujer, mientras pensaba en mí, hizo el amor. No sentí que perdía nada. Nadie llegó a sentir que nada se perdió. El capitán no ordenó soltar amarras. Una nube de pañuelos blanquísimos no se agitó en el embarcadero. El barco no se alejó de ningún puerto, y una muchacha no acudió a despedirme.. No vi ninguna puta luz. Y ni mucho menos un túnel. No me elevé a los cielos ni trascendí. No alcancé ni el saber ni el conocimiento absolutos, Buda no me invitó a su bar, Moisés no me dedicó un autógrafo ni, por supuesto, al cabo de un rato, mientras yo levitaba, unos seres alados, luminosos y como celestiales, con su pelo rizado y su sexo dudoso, se acercaron a recibirme, todos ellos volando y haciendo sonar sus arpas maravillosamente, ni con sutil armonía me mostraron su enorme virtuosismo, ni entre cantos y acordes, alcancé la verdad después de todo. No fue dodecafónico. Tampoco poliédrico. De hecho, pudo haber sido una tarde como cualquier otra. Sucedió mientras me paseaba, camino de mi casa, con la vista en el suelo y la mente en las nubes. Cuando quise enterarme, ya no quedaba nada, ni rastro. Nada en absoluto. Nada. De veras. Absolutamente nada. Se había jodido irremediablemente. El muerto era yo.