viernes, 29 de enero de 2010

Se marchan ya, se han ido, y al marcharse dejan todo en silencio, la noche, la casa, yo mismo. Los cojines bien puestos, el cigarro encendido, las luces apagadas… Nunca cuento con ellos, y por eso mismo, los predigo. Lo suyo es la noche, el instinto, y aparecer cuando no te lo esperas. Abro la puerta y los invito. Adelante, chicos, pasad. Saben el camino… Charlamos. Tocan la guitarra, gritos. Y por lo general no se van sin pedirme unos pavos, antes, son muy listos. Aparecen, ya digo, cuando no cuento con ellos, tal vez, precisamente por eso. Y son como la alegría: efímeros. Y mi casa es al fin una casa repleta, la casa de un blanco, sí, la mía, pero llena de negros. Porque…(no nos engañemos): ¿qué hace una banda de negros en mi casa, cada noche, sin fallar a mi encuentro? ¿Con qué motivo? Definitivamente nada bueno. Llegan, siempre como si nada, y al rato, muy educadamente, se marchan escaleras abajo, murmurando, como hace apenas un rato las subieron. Y al irse lo dejan todo, insisto, como estaba: como si no hubiera pasado nada, en silencio, y a mí a solas, sobre la cama, como ahora, escribiendo. Y aunque sé que no son más que una locura, un contrasentido, los tolero, los animo, ¡venga! Y a veces hasta pienso si no serán imaginaciones mías, la verdad, si a fuerza de imaginarlos, de soñar sus visitas, no habré acabado definitivamente por creerlos, casi sin darme cuenta. Y son como las ratas, unos bichos, que trepan escaleras arriba, sin hacer ruido, y se comen mi queso, o se beben mi vino, o mordisquean las cuerdas de la guitarra, y nadie más los ve. Y ellos, según tengo entendido, por su parte no ven tampoco a nadie más. Para mí que no existen, de verdad, yo creo que son fruto de la soledad en todo caso, fantasmas, o deseos de una mente aburrida. Deseos que cantan, eso sí, deseos a medida, deseos hijos de las noches huérfanas, que en realidad no existen, o que en realidad existen , pero no mucho más allá de mi cabeza. Pienso ¿Cómo van a existir, de hecho, si son imposibles? Imposibles como tantas otras cosas mías, ya ves. Imposibles como La Niña, por ejemplo. Porque, La Niña, mi Niña, de eso estoy seguro, es imposible… La Niña es una salida de tono, un más difícil todavía, desde luego. La Niña, estoy segurísimo, no es más que un deseo mío, y no existe sino como deseo. Menos real, La Niña puede ser cualquier cosa: La Niña puede ser una vuelta de tuerca, puede ser un a ver ahora, puede ser una pena, sí, cualquier cosa, de puro imposible. En serio. La Niña es como ellos, de hecho. No la ve nadie más que yo. Y sólo yo pienso en ella. Llega, y como llega se va, dejándolo todo como estaba. Y es una pena, mi Niña, una pena por sueño, precisamente. Porque si fuese otra cosa, si La Niña no fuese un deseo, un sueño, no sería una pena, y al menos yo podría, como cuando nos conocimos, tumbarla de nuevo sobre la cama, y quitarle sus zapatitos de niña de dieciséis años, y besarla en el cuello, y colmarla de abrazos, hasta hacerle el amor, porque si ella no fuese un sueño, tal vez ella podría incluso enamorarse, en serio, de un viejo como yo, y podría colmarme de abrazos, y besarme en el cuello, hasta hacerme el amor si ella quisiera, pero los sueños no se enamoran, cómo va a enamorarse un sueño, y eso dando por hecho que La Niña es un sueño, porque mira por dónde, que los sueños, y eso lo sé muy bien, son casi siempre en blanco y negro, pero mi Niña además guapa es rubia, y a ver ahora si no va a ser La Niña ni siquiera un sueño. Menudo desastre. Y ahora que lo pienso, mi Niña tiene los ojos verdes, además, así que aún menos a mi favor. A mi Niña la sueño, eso sí, hasta con los ojos abiertos. La Niña, si me descuido, está ahora mismo aquí conmigo, estrechada en mis brazos, dejándose querer, y su corazón late cada vez más deprisa, con cada caricia, y su pelo huele maravillosamente, y si la sueño fuerte, con los ojos abiertos, puedo llegar a verla, puedo sentirla, y ya puestos a soñar, la sueño caliente, palpitante, enamorada de mí tanto como lo estoy de ella. Y si puedo soñarla, me digo, con un poco de suerte, La Niña puede un sueño, y uno puede soñar lo mismo muchas veces, olé, tantas como uno puede desear que un sueño no lo sea, procurando no perder perspectiva, eso sí, de lo que son las cosas. Porque La Niña, no nos engañemos, es imposible, y es por eso que ella no puede ser. La Niña, me digo siempre, no existe. La Niña existe, me digo, pero sólo en mí. La Niña, al fin y al cabo, me digo, es como ellos. Sólo yo la veo, sólo yo la quiero. Llega y se va, dejándolo todo como estaba, como si nada. La Niña, eso sí, es una Niña a medida, es ideal. Es lo bueno que tiene. Ojalá pudiese ser, La Niña, me digo cada noche, en realidad. Y aunque empiezo a temerme que no existe, que es como ellos, simplemente una cosa mía, de mi cabeza, que La Niña es fruto de las noches huérfanas, de mi soledad, y no otra cosa, ella sigue viniendo a verme, puntualmente, como si me quisiera en serio, como la soledad, todas y cada una de las noches, de verdad, no es broma. Y yo la sigo soñando, aquí sobre mi cama, y soñarla es un consuelo, para mí, a mi Niña, que nunca se sabe, y de soñarla ella llega a existir. Y en el fondo, me digo, qué te importa que nadie más lo sepa, que sea cosa tuya, si ellos vienen a verte cada noche, si te los imaginas, y te hacen compañía, si para ti tu Niña está, con los ojos abiertos, aquí y ahora, contigo, porque acaso… ¿tienes algo mejor que hacer, demonios, esta noche, que soñar?