jueves, 14 de enero de 2010

Para mi caro amigo, Profesor D. Octavio Smith, y muy eternamente agradecido...

Claro que si no fuese ya, a día de hoy, la reina de los plantones, si ella no hubiese dejado de aparecer aquella noche inaugural del año, tal y como nos prometimos, para encontrarse conmigo donde siempre, al final de la barra repleta, si sus “diez minutos, ni uno más”, no acabaran por estirarse al límite, convirtiéndose en horas, casi en días, en una eternidad ahogada entre gin-tonics, hasta el punto de darme el amanecer y yo esperando, y ella que no llegó jamás y al fin de puro aburrimiento yo, a la deriva, que acabé por beberme el mundo en las butacas, si ella no fuese, insisto, y hoy por hoy, dueña y señora, la reinaza ya más que contrastada, la madre de todos los plantones ,con su pelo alisado y sus buenos modales, con sus conjuntos chic y su boca perfecta, con su sonrisa enorme del demonio, insisto, de no ser así, tal vez ella me hubiese acompañado a casa y no La Niña, que si hubiese aparecido, casi seguro que no hubiese conocido yo a La Niña, ya en la última copa, de puro aburrimiento en las butacas, y en lugar de caminar con sus preciosos ojos verdes(yo la llamo mi princesita), tal vez me habría despertado junto a un buen par de ojos de reinona, es posible, aunque después de todo no está el asunto (es cierto), como para quejarse ahora, y el botín resultó mayor de lo esperado, no lo puedo negar... De manera que me quedé sin reina, pero una princesita en su lugar me acompañó por fin, cuando se hacía el día, y la media hora justa de encontrarnos, resultó que el camino dio como para que me contase por entero su vida, de buenas a primeras, y fue así como comprendí el porqué de su mirada lánguida, evocadora y verde, como un lago queriendo ser el mar, casi como una serpiente que se enamora de un lagarto, o como una bestezuela incapaz de morder a nadie, por poner un ejemplo, vamos, que La Niña mira pero en lugar de mirar evoca un imposible, algo irrecuperable, no sé si me explico, sinceramente. La Niña, eso sí, es la princesita de un cuento, de eso no cabe duda, y la princesas de los cuentos, por lo general, suelen ser ideales, perfectas, cándidas y delicadas, duermen a pierna suelta, y sólo se despiertan a fuerza de unos buenos besos, a poder ser besos de príncipe, siempre, y a poder ser bien situado, que por lo visto son así, un poco especialitas, las princesas. Y ella, La Niña, por supuesto, lo es. O eso creo yo. Y lo digo, más que nada,  porque cuando le cogió el frío a la pobre, al poco de llegar a casa, cuando me la llevé a la cama y la arropé con mi mejores mantas, al desatarle con sumo cuidado los zapatos, contemplé su vestido dorado y sus encajes, y posé los zapatos en el suelo, nuevos y relucientes, tan negros y elegantes, que eran propios de toda una princesa, en serio, y a estas alturas diría que entiendo de estas cosas, etcétera... Una buena prueba de ello, de que La Niña es princesa de tomo y lomo, sin ir más lejos, es que conservaba los dos cuando se los quité, y no como otras, que los pierden y luego se pasa la vida uno zapato en mano, tratando de dar de nuevo con los dichosos pies, los dueños del zapatito de los cojones, casi de cama en cama, que no sería la primera ni la última vez, de veras, y de casos del estilo están las hemerotecas llenas. De manera que ya descalza, bien arropada, mi princesa se acurrucó bajo los edredones, tan dulcemente y yo, por mantener las formas, por puro protocolo, me acurruqué bien pegado a su espalda por si acaso, no le fuese a coger el frío puñetero, que la realeza no está para esas cosas, ni acostumbrada, a los rigores de la vida fuera de palacio, y cual fue mi sorpresa, que al colmarla de besos sólo para que no se me durmiese entera, que las princesas son más bien malas de despertar, según tengo entendido, sólo por evitarme líos, que al colmarla de besos ya digo, por la espalda, mientras le acariciaba el cuello a mi princesa, con la boca y las manos no va ella, y dejando de ser princesa, de pronto va y se convierte en melocotón, pero el melocotón más sabroso del mundo, no exagero, cosa mala, deliciosa, todo un melocotón sonrosado y con el vello de punta, ya digo, con sólo darle un beso o una caricia, si te descuidas. Un melocotón que tragaba saliva cuanto más lo abrazaba. Un melocotón que se me acobijaba, con elegancia innata, con la carne más tierna de este mundo contra mí, bien fuerte, y el vestido volando por las nubes y esas cosas, y yo sin llegar a creerlo, cogiéndole las manos para que no se me marchase, fuerte, encandilado. Una fruta con piernas delirantes, sabrosas, mi pequeña princesa particular, a la que olfateé como no había olfateado antes a nadie. Nunca me había dado por hacerlo, en serio. Oler a una mujer... Y por lo visto, o al menos esa es mi experiencia, las princesas huelen a primavera, a paseo entre trigo con mi primer perro, aquel que me cuidaba, enorme, un boxer, que rodaba conmigo entre la hierba, más alta que cualquiera de los dos, salvaje, son de verdad tremendas las princesas. Y más aún cuando su vestido se eleva hasta las nubes, y la princesa se acurruca fuerte contra ti, y traga saliva si la besas, convertida en melocotón, qué delicadeza: olerla, poder tocarla, abrazarla bien fuerte, casi como si le gustase. Pero no quiero (ni debo) contar más... Yo me debo a Su Alteza. Lo que sí quiero es aclarar, con todo esto, que tal vez sea cierto eso que dicen, eso de que no hay mal que por bien no venga, que al fin y al cabo, si ella hubiese venido al fin a verme, la primera, tal como había prometido, no me hubiese despertado por fin con mi princesa, que al menos por un rato, me devolvió lo que ya no recordaba, me convirtió en un niño, como ella, tan sólo por un rato, tan niño como era cuando dormí por primera vez con una de ellas, con una princesita, y que yo si te he visto ya no me acuerdo. Finalmente, un par de horas después, su papá la llamó, por saber donde estaba, le pidió que volviese a casa y se vistió. Le presté un buen abrigo para el camino, y se marchó, escaleras abajo mi princesa. Me dijo adiós con la mano. Guapísima. Tan bella… Delicada y preciosa. Dos veces más joven que yo. Menor de edad.