miércoles, 9 de diciembre de 2009

No debería ir en bicicleta a putas, lo sé,  más que nada, porque por mucho que me empeñe en encadenarla a alguna farola esquiva o camuflarla entre unos buenos matorrales, por mucho que me esfuerce en encontrarle un refugio oscuro, una esquina mil veces meada o cualquier otro lugar por el estilo, en esta especie de pueblo grande en el que vivo todo el mundo conoce mi bici, hasta la policía, y basta con  que asome un pedazo de rueda de mi bici plegable, que una mínima parte de su anatomía quede a la vista, para que al día siguiente todo el mundo se entere que este menda en cuestión ya se ha vuelto a ir de putas, que ha vuelto por sus fueros para variar, lo cual no hace ningún favor a mi más que maltrecha, si es que todavía me queda alguna, reputación como médico joven y especialmente díscolo, y estoy siendo bastante generoso. Además, suponiendo que al fin diese con la forma de esconderla de modo que resultase del todo inencontrable... ¿qué coño pinta un doctor en plena madrugada, pedaleando en la noche solitaria rumbo al único refugio que todavía permanece  abierto,   tan discreto como dos tetas gigantescas de neón  ("ahora sí-ahora no, ahora sí-ahora no..."), sin maletín, cabalgando con la premura del que sabe que en breve yacerá sin ropa junto a cualquier belleza, desplumado pero aliviado a primeros de mes tras samanas de muy duro trabajo? Me conozco lo suficiente como para saber que cualquiera que vea mi gesto de extrema felicidad pedaleando en esa tesitura, podrá adivinar sin demasiado esfuerzo adónde me dirijo, en qué voy a emplear los próximos trescientos pavos, y si es cliente habitual del bareto en cuestión, incluso quien será la afortunada, siempre y cuando se encuentre de servicio claro, que se necesita un poco de suerte para todo, hasta para ir a lumbis  en la vida. Y que conste que utilizar la bici cuando uno va de putas no sólo es un cúmulo de inconveniencias, lo reconozco. Por ejemplo, está el hecho de que tras media hora de camino uno llega más relajado y la cerveza, qué gran verdad, sólo me la termino cuando me planto allí en la bici, porque de lo contrario, en cuanto una candidata llega y me pone su culito en la mano, tierno como un melón despampanante, no tardo ni un minuto en largarme a buscar al encargado, coger las llaves de la habitación, y quitarme los pantalones a toda prisa mientras la chica se repasa los bajos con el agua caliente del bidet, con el segundero corriendo desbocado y en mi contra, a pavo por minuto, hasta que suene el timbre puñetero. Eso por una parte. Y por otra,  no hay que olvidar (y esto no es tan descabellado), que uno siempre puede encontrarse allí con un colega, que no nos engañemos, uno no es ni de lejos el único depravado en este pueblo, como es cierto que casi todos cobramos a primeros de mes, y que si el dueño del puticlub gasta semejante buga de gama alta, no va a ser sólo porque lo paque yo ,que allí se hace mucha vida social, y que siempre puede uno regresar a casa aliviado, para arreglar el mundo o lo que sea, con el colega y la bici bien plegada en el maletero, a mi salón o al salón de la suya, que no hay mejor momento para discutir como cuando uno llega bien, pero que bien follado, y es una gran verdad. Pero a pesar de todo, insisto, creo que no debería ir en bici a putas, y no sólo porque una cerveza no merece el esfuerzo, ni porque muy a menudo no reconozco a nadie allí al llegar, ni siquiera porque me importe mucho mi dudosa reputación. Lo peor de ir en bicicleta a putas, ya digo, no es ninguna de estas cavilaciones. Lo peor de ir a putas con la bici, sinceramente, lo que más me jode, es que al llegar por fin muerto de frío, con las manos heladas, tanto, que no disfrutan siquiera el encaje de unas braguitas cuando las arrebatan, sudoroso, tras la media hora de camino en cuestión, incluso aunque des con el mejor de los matorrales para aparcarla, aunque nadie te haya visto llegar ni yendo de camino, por mucho que logres pasar desapercibido, lo peor de ir a putas en bicicleta, de verdad, es que si por casualidad la encuentras de servicio, si por casualidad ningún otro baboso ya se te  ha adelantado, si milagrosamente está aún allí...¿qué coño haces con Rachel y con la bicicleta? ¿cómo demonios te las arreglarás para llevarla a casa si los taxistas, en cuanto te ven llegar, huyen despavoridos por tu ropa arrugada, tu pelo despeinado, la bicleta extraña, y la negra preciosa con su ajuar, caramba,  que más que una noche parece que vienen una semana entera, que estas africanas, demonios, en cuanto llegan a Europa, no hacen más que comprar, comprar y comprar, como si se fuese a acabar el puto mundo?