lunes, 9 de noviembre de 2009

A mi padre...(al de verdad), por lo que él ya sabe
Y al caballero que me prestó el portátil en la taberna, para que siguiese delinquiendo
Este cuento, a salto de mata...
Si uno pretende pasar la noche con ella ha de saber, por encima de todo, que en cuanto amanezca, en cuanto salga el primer rayo de sol, Rachel recogerá su ropa, se vestirá muy deliciosamente sus braguitas de encaje diminutas y, con la pasta bien fresca en el bolsillo te dará un gran abrazo, te besará la mejilla, te dirá “adiós Lorenzo, ¿me llamarás?”, y se marchará escaleras abajo, sin montarse en un taxi por ahorrar, corra el frío que corra, decidida a llegar a su casa cuanto antes sólo para despertar con un buen desayuno a su bebé , caminando. De manera que si uno pretende pasar una noche con ella, insisto, y ya puestos a quedarse sin blanca, cuanto antes se acerque uno a recogerla, mejor, porque Rachel se irá como llegó, divinamente, con el alba. Técnicamente, no lo puedo negar, Rachel es tan sólo una puta: se desnuda para ti, jadea para ti, te la chupa para ti, se mete en tu cama para ti, y te cobra una pasta siempre por adelantado…Una pasta gansa, que quede claro, Rachel no es ninguna cualquiera. Pero por otra parte, lo cierto es que Rachel me cae bien, y a veces, incluso la echo de menos, la añoro, así que en el fondo prefiero pensar en ella como en una amiga cara, y no tanto en ella como una puta. Más que nada porque Rachel al menos me destripa sin subterfugios, sin milongas, sin ninguna doblez…conozco a un buen puñado de bellas mujeres mucho más caprichosas, infinitamente peor intencionadas que ella y que, para colmo, van por ahí ejerciendo sin licencia, ésas sí que son putas, putas de tapadillo, putas vestidas de paisano, eso me digo muchas veces. Así que hay putas y putas, eso seguro, y Rachel , después de todo, más que una puta en el sentido estricto del asunto, es para mí una amiga falta de parné, y bien guapa, por cierto. Rachel me vuelve loco… Especialmente cuando se desnuda, de espaldas a mí, al borde de la cama, y se quita la ropa lentamente como una cebollita negra que me hace llorar de gusto, cuando pregunta “¿lo hacemos?”, y se tiende a mi lado tan hermosa, con sus curvas de infarto, negra como el asfalto, negra como el camino negro hacia lo celestial, negra y hermosa hasta la saciedad, y mirarla asombrado y que me mire, y con las manos tocarla toda entera, y acariciarla incrédulo, para asegurarme que existe, y que al menos por unas horas lo hará por mí. Aún a costa de mis bolsillos, eso es cierto, pero qué menos... Y vale que el sexo con ella es de lo más normal, y que mientras se mueve repite mi nombre sin demasiado énfasis, “te deseo, Lorenzo, te deseo”, sin cesar como si fuera un mantra, tal vez tratando de convencerse de que sí me desea, aunque estoy convencido de que cuando grita “me corro, mi amor, me corro” lo hace sólo por agradarme, por cumplir con lo suyo, se corre de genéricamente, porque me sienta bien. Vamos, que no me importa que finja. En serio… Si lo que uno busca es sexo desenfrenado, una mujer que, de buenas a primeras, te lo dé todo a un precio módico, te proponga a su hermana todos juntos, que tenga un primo camello que vive ahí al lado…que no lo dude, que me haga caso: Rumanía, Brasil, y con un poco de suerte alguna venezolana…Pero Rachel, y con ella por extensión la mujer africana, es una belleza en sí misma, y uno no alcanzará a una diosa de ébano jamás a la primera, y no te harán el amor ni locas si no te quieren. Las africanas son muy suyas para eso, o al menos eso creo yo… y cuando digo africanas me refiero a las mujeres negras, pero negras negras, no a las de raza árabe, que las moras en cuanto a puterío son un punto y aparte. A lo que iba: de Rachel, siempre y cuando ya se haya desnudado, siempre y cuando ya me haya deleitado con la exquisita liturgia de quitarse la ropa y la haya posado con extrema delicadeza sobre el cestón de la ropa para lavar, lo que más me gusta es cuando, sobre la cama ambos desnudos (la vida puede ser maravillosa), nos acariciamos como si nos quisiésemos, y le pregunto cuando demonios nos casaremos, cuando demonios dejará su trabajo de mierda y se vendrá a vivir conmigo, cuando dejará al fin de cobrarme con efectivo y se convertirá en mi esposa de una maldita vez, y contemplar el brillo entonces en sus ojos, cuado pregunta si se lo digo en serio, y me da un beso en la boca por una vez. Rachel es una chica estupenda, y me deja su número apuntado en un papel cada vez que se marcha, por si acaso. La última vez que le hice una visita, la última vez que me la traje a casa, al abuelo no le gustó aquel sitio para nada. No porque estuviese lleno de putas, muy al contrario, sino porque, nada más entrar, antes de que me diese tiempo a decir “una cerveza” , Rachel se abalanzó sobre mí sin dejar de besarme, se terminó mi birra, me estrechó en mil abrazos y me engulló, hasta el punto de que el abuelo, algo malhumorado, pagó la cuenta, dijo: “me marcho”, y se largó por donde había entrado (por la puerta). Lo acompañé hasta el coche, preocupado por si se había enfadado: “contigo no”, añadió. “Sé bueno”, me dijo... Y me dejó con mi mejor sonrisa, con la pasta en la mano, ansioso por encontrarme de nuevo con la chica de mis sueños, esta vez desnuda, y se perdió calle abajo, tras la humareda diesel de su motor infame, a trompicones.