miércoles, 28 de octubre de 2009

No acabo de tener claro porqué a papá le molesta tanto que me traiga a esas chicas a casa, tan sólo para tomarnos algo, en serio, para no afrontar esas noches tan largas en solitario frente al ordenador, como ahora, tirado en la cama, sin nada mejor que hacer, para tener alguien con quien compadecerme de mí mismo, qué sé yo, aunque también por una especie de vaga curiosidad, por la irrefrenable tentación de tirarles del hilo a la tercera copa y que me cuenten cómo les ha ido el día, qué ha sido de su segundo marido, cuantos polvos han echado hoy, o por cuánto me podría salir la noche entera, precio de amigo, se entiende, que al fin y al cabo se librarían de dormir por una vez en ese agujero infecto y desvencijado en el que viven, la casa de citas más espeluznante que he pisado en mi vida, sin duda, mucho peor que aquel subterráneo al que me llevó J, aquel repleto de pequeños reservados separados del resto bar solamente por unas cortinas de fieltro rojo y sucio donde, si no recuerdo mal, acabé por montármelo con una rubia madura y bien dispuesta, una tía cachonda desde luego , hasta que una cabeza de chica asomó y nos vio allí follando, en el suelo, hizo un gesto como de aprobación, y nos recordó que se nos había acabado el tiempo, que mi cuenta estaba en números rojos, y que, por favor, no olvidase los calcetines por ahí tirados como hacían todos, que ellas no estaban para lavarnos la ropa, y que mi amigo tenía todavía para un rato, que las gemelas rusas eran muy guerreras, que debían estar pasándolo bien, etcétera...Un lugar horrible, de pesadilla, de paredes torcidas y moho por las esquinas, de recibidor crujiente y puertas que no cierran, de camas revueltas con gatos negros dentro, de un champán que no sabe a champán, de malos olores, de golpes, de gritos, de música de cañerías, un lugar mucho peor aún, ya digo, que la casucha de “Morenaza Española, Salidas, Todos los Servicios y Más, Tríos, Cuartetos, Sinfónicas . 24 horas”, la madriguera de la que nada más salir me detuvo el secreta una mañana, me tomó los datos, me perdonó el calabozo “sólo por esta vez”, y me advirtió de que allí se cogían ladillas, que anduviera con ojo, cuestiones ambas que le agradecí sobre manera, constatando lo cierto de la segunda a la primera ducha, con un mosqueo que te cagas en cuanto llegué a casa, y más cuando recordé que se me había acabado la maldita loción de los cojones una semana antes. Al fin y al cabo también son amigas suyas, y sería un ejercicio de hipocresía enorme por su parte el pretender privarme de los mismos placeres que él mismo disfruta, que se debe creer que soy tonto, y que las chicas lo tratan así de bien de buenas a primeras... Venga, papá, que nos conocemos. Que sabes de sobras que cuando te explico que me las llevo a casa sólo para hablar seguramente eso no sea del todo cierto, que te lo cuento más bien como un formalismo y que a pesar de que, llegada una determinada hora, me acabo el vino, me despido de ellas y anuncio que me voy a dormir, que pueden quedarse en casa todo el tiempo que quieran, que tienen todo el salón y todos los vinilos a su disposición, no siempre dejan que me vaya solo, a menudo apagan la luz, y me siguen hacia mi habitación sin decir nada, se excusan en que no tengo más camas, y se tienden a mi lado sobre las sábanas, hasta que se desnudan, al cabo de un rato, y me piden permiso para entrar. Nada que él no sepa muy bien. Y que conste que le he dado unas cuantas vueltas al asunto, sin llegar a entender por qué le parece tan mal. Sobre todo porque son unas chicas limpias, y se dan una ducha sin falta antes y después, y me gastan perfume, y regresan a la cama embadurnadas de mi crema corporal, oliendo a avena, que hasta parecen otras si se lavan, y que en el fondo, si las invito, no es simplemente para tirármelas, no es para que me lo hagan sin condón, ni siquiera por un precio de amigo, no es para poder verlas en ropa interior, para pedirles que se la quiten, ni para que se tumben boca abajo y luego arriba, no es para que me la chupen sólo por veinte pavos, ni por ver la cara que ponen si se corren, qué va...Lo cierto es que las traigo a casa para que estén calladas, para que beban a gusto y calentitas algo de vino bueno, que sé que les gusta, y para que me escuchen por un rato, sobre todo para que escuchen. Que me escuchen tocando la guitarra, o recitando, olo que sea. Vamos, que si las invito a casa es, por encima de todo, y quiero que lo entienda: por soleá.