para mi amigo el joven GL, con la mayor de las exigencias
En cuanto a Joaquín El joven, digamos que me demostró la clase de tipo que era por la forma en que afrontó la nevada una tarde de febrero cuando, a la salida de la Firestone, me guió por el campus sobre la hierba congelada y crujiente mientras anochecía, embutido en su gruesa pelliza, con el cuello encogido por el frío, sujetando el manojo de libros y de apuntes bajo el brazo, tratando de preservarlos del frío con cariño a la manera en que los estudiosos protegen sus escritos del frío bajo el brazo, como si se tratara de sí mismos, hasta el punto de que los libros parecen acurrucarse contra ellos, exactamente igual que mi gato hace conmigo mientras duermo, a pesar de la mano aterida y los temblores, todos un mismo ser a la busca de la cervecería más cercana, tratando de mantener el equilibrio, cosa que no le resultaba nada fácil por ser, como digo, un joven y prometedor listillo, un letraherido, y estando dotado, por lo tanto, de una innegable tendencia a la torpeza, de una más bien notable falta de equilibrio, como también de esa especie de incapacidad universal para perder la compostura bajo ningún concepto, nevada, o lo que sea, cualidades ya digo, todas ellas, inherentes a ese género más bien particular de gentes que a menudo dan en denominar como intelectuales. Por otra parte, he de reconocer que cuando leí “A Este Lado Del Paraíso”, en plena adolescencia, además de inmaduro, era ya casi tan impresionable y mitómano como lo soy ahora, de manera que la idea que tenía de Princeton era la de una enorme ciudad llena de vida, bares y miles de estudiantes corretando por sus inacabables avenidas, jovencitas bellísimas ansiosas de nuevas experiencias, esperándolo a uno en la primera esquina, con aspecto de jóvenes Lolitas, de nínfulas semidesnudas recitando a Kant mientras practican las más lúbricas danzas, un Paraíso, vaya, o al menos esa era la idea que yo tenía, por aquel entonces, de lo que debería ser El Paraíso. El título del libro, la verdad, invitaba a ello, pero lo cierto es que Francis Scott Fitzgerald era un tipo que se conformaba, por lo visto, con más bien poco, y que Princeton es, en realidad, un pueblecito pequeño y anodino, con una única calle principal repleta de viejecitas judías adineradas que tardan mil años en cruzar la calle, unos cuantos estudiantes de aspecto cansino y recatado, y un par de restaurantes más o menos, y todo esto siendo muy generoso. De hecho, desde que Scott Fizgerald estudió allí, tan sólo han abierto una cervecería nueva en Princeton, y de eso hace ya casi cien años. Si no me falla la memoria, en El Gran gatsby, otra de las grandes novelas de Fitzgerald, el protagonista (Gatsby), posee una enorme mansión en la que, creo recordar, hay un enorme estanque junto al que suele ofrecer muy suntuosas y selectas fiestas. Desconozco si la mansión existe en realidad, pero de lo que estoy seguro es que, de cualquier modo, jamás la visitaré. Prefiero mantener vivo el mito en mi imaginación. Visto lo visto, temo llegar allí y encontrarme una casucha más bien modesta, de esas de planta baja, de fachada descolorida y diminuto jardín, de mosquitera en la puerta que bate con el viento, y en lugar de un estanque una de esas piscinas portátiles que venden para niños los grandes almacenes. En el Paraíso, todo hay que decirlo, corre por cierto un frío que te cagas, casi tanto como en el mismísimo infierno, aunque, eso sí, al menos allí no se despierta uno con síndrome de abstinencia. El Paraíso, ya digo, al menos a mí, me resultó un lugar ciertamente aburrido de pura candidez, un sitio lleno de gente amable que no deja de saludarse y desearse buenos días, un lugar en el que jamás sucede nada, en el que trasnochar es acostarse más tarde de las diez, y en donde nadie te la chupará jamás sin pasar antes por la vicaría. El Paraíso, de hecho, desmontó de raíz cualquier tendencia mía hacia la santidad. No quiero ir a los cielos, colega. Definitivamente no. Del infierno, por otra parte, aún vuelvo, así que supongo que lo mío es simplemente lo terrenal, nada más que lo terrenal. Aunque no obstante, he de reconocer que aquel paseo con Julián, esquivando los charcos de hielo a duras penas, apoyados el uno en el otro para no caernos, siempre sin descuidar nuestros queridos libros, tuvo algo de memorable, de idílico, y guardo un recuerdo muy especial de aquello, y la imagen me persigue grabada en mi retina, tal vez porque era la primera vez que caminaba bajo semejante frío, o tal vez porque era mi primera nevada. Lo que es cierto es que, y de eso estoy seguro, El Paraíso no es sitio para mí. Sin embargo, me gustó conocerlo. Y En cuanto a Joaquín, desde entonces lo tengo por uno de esos tipos extraños, uno de esos tipos que caminan ateridos en sus gruesas pellizas, siempre llenos de libros entre el frío, a los que me suelo encontrar tratando de esquivar placas de hielo, como desamparados bajo nevadas enormes, con el porte convencido de los iluminados.. Una vez, ya digo, conocí a un tipo como él, un viejo amigo de hecho, mi muy querido profesor Castelo. Tan torpe y friolero como él, un tipo raro… una especie de genio, quiero decir. Un gran incomprendido, en defnitiva.