miércoles, 19 de agosto de 2009

Lo que está claro en cuanto a nosotros dos, es que podríamos resumir el asunto como una cuestión de incompatibilidades desde luego , un cúmulo de diferencias fundamentales en cuanto a los propósitos, una divergencia entorno a lo que se esperaba uno del otro y viceversa, es decir, una insalvable divergencia, una incompatibilidad de las cuestiones o, un “lo siento pero no, no más museos hoy porque temo volverme loco, amor, o, para ser exactos, más loco aún”... Con Marina, a largo de nuestros innumerables viajes, descubrí que cada persona tiene su propio límite para estas cosas, una especie de máximo en cuanto a Obras Maestras, de la pintura, escultura, arquitectura o lo que sea, que puede contemplar en un solo día antes de llegar al colapso, en serio y sé de lo que hablo, y que “El Moisés” de Miguel Angel no es compatible con “La Capilla Sixtina”, al menos en la misma mañana, al menos para mí, no en menos de cuatro horas, y ni mucho menos con semejante calor, cariño. “Mi espíritu”, esgrimía mientras vagábamos por la Séptima Avenida camino del MoMA, tras la avalancha de Picassos, Monets, Kandinskis y Rotkhos, con menos aliento que el mensajero de Maratón cuando llegó a la meta, lívido, moribundo, “es demasiado sensible para semejantes raciones de Arte con Mayúsculas”, cosa que ella parecía comprender en su inocencia, concediéndome un alto en el camino con suma candidez, un martini con cola si aún no habíamos desayunado, o cualquier brebaje más subido de octanos si el desfallecimiento me sobrevenía más tarde del mediodía. Marina era un prodigio de vitalidad, sin duda, una fuerza de la naturaleza, un vendaval que me arrastraba por las callejuelas de todo el planeta con su monumental vigor, por las estaciones de metro, por las catedrales góticas, por los altares barrocos, por un país tras otro sin distinción, por decenas de continentes y fronteras y gorras con bigote, hasta hacerme perder la paciencia, la mesura, hasta hacerme caer finalmente y de puro agotamiento en la más pueril de las regresiones, precisamente cuando me plantaba en la primera esquina, y dejaba en el suelo el equipaje enfurruñado, con los brazos cruzados, la mirada perdida por el suelo, definitivamente en guerra con el mundo, cara de niño malo, y la misma actitud con que a los cuatro años, a la vuelta del supermercado, me quedaba impertérrito y como clavado al suelo del parque cada vez que mi mamá anunciaba que regresábamos, que era la hora de volvernos a casa, y que dejase de perseguir por los toboganes a la niña tan dulce del vestidito rosa, siempre algo más joven que yo, una preciosidad que por lo general hablaba de milagro y apenas sí podía caminar, que huía de mi a gatas, arrastrando sus piernas por la arena, manchando sus rodillas y el vestidito rosa, presa del terror, desesperada en busca de algún regazo adulto y calentito: “de aquí no me muevo” , replicaba este menda ,con lo que se ganaba un par de azotes. Es cierto que Marina no era, en absoluto, adicta a la heroína, y que además era toda una mujer, y que estaba dotada con todos y cada uno de los atributos que debe poseer un ser humano para ser tenido por una de ellas. Pero también es cierto que en lo nuestro había anhelos irreconciliables, dos caminos distintos, un “no puede ser”. Jamás he sabido qué diablos buscaba Marina con su eterno viaje, con aquella especie de peregrinación interminable por hoteles de bajo coste y terminales de aeropuerto tan remotas. Pero siempre intuí que aquella chica iba buscando “algo”, dudo que ella misma supiese qué. La búsqueda, por lo visto, la mantenía entretenida, lo cual no estaba mal si uno lo piensa detenidamente. Por mi parte me llevó algún tiempo entender todo esto. Entender, por ejemplo, que en mi caso el viaje pasaba por no moverse de este sitio, éste precisamente, en el que ahora me encuentro, con un cigarro encendido y la persiana echada, recostado, mientras afuera cantan en bandadas las gaviotas, con la tarde y la cama al fin para mí solo. El universo cabe aquí, en mi cama. Por supuesto el infierno también. He querido morirme en mi cama muchas veces, me despertado en ella casi muerto, de hecho, y sobre ella, en más de una ocasión, he cortado mis venas a cuchillo, aunque sin el preciso arranque. Mi cama puede ser el mismo infierno, puede ser la desolación, la primera noche sin ti, y el dolor del recuerdo, pero también puede ser un velero, o la mejor de las playas, y su manta la arena más fina, y las sábanas agua cristalina, y la mañana en mi cama puede llegar incluso milagrosamente, y despertarme abrazado a una sirena, y a la mujer más bella, con la boca más tierna, quiero decir una mujer que tras mirarla un rato, fijamente, deja su ronroneo y también se despierta, y se despierta como se despiertan las mujeres más bellas, recubierta de oro, en plena exhibición, para acabar de pronto levantándose, saliendo a la carrera y a saltitos, para perderse al fin por el pasillo, sin que yo acabe de creérmelo, quiero decir tenerla, como esta tarde toda para mí y añade: “vuelvo en seguida, tengo que hacer pis”.