Para mi querida M
He de aclarar, que cuando Milouda se refiere a mi mujer, en realidad no se refiere a “mi" mujer. La mujer a que ella se refiere, y que se llama en realidad Marina, no es, ni ha sido nunca, “mi” mujer. Marina es una mujer, seguro. Pero no la mía. O al menos desde el punto de vista en que una musulmana entiende eso de ser “la mujer de alguien”. Sí es cierto que Marina me acompañó en el viaje en el que conocí a Milouda, y supongo que para ella, la mujer que acompaña a un occidental en sus viajes, duerme con él, y se ocupa de que nada le suceda, ha de ser, necesariamente, “su” mujer. Supongo que Milouda no viajaría en compañía de ningún hombre que no fuese, definitivamente, “su” hombre, pero de todas formas, lo que sí es cierto es que, aún sin ser mía, aquella mujer me quería, me amaba, y así me lo demostró durante un tiempo, un buen puñado de meses entrañables, y de amor, digamos, exhaustivo. Adoro enamorarme, no lo puedo negar, y procuro hacerlo a menudo. Enamorarme es una de mis costumbres favoritas. Cuando era joven lo hacía indiscriminadamente, a todas horas, y principalmente de mujeres, pero no necesariamente. De hecho, una de las historias de amor más tórrida y desenfrenada que recuerdo me sucedió con un joven transexual, una especie de bomba atómica del sexo, una revolución entre dos aguas, la criatura más sensual, diría, con la que haya podido encontrarme desnudo en una cama, o en cualquier otro sitio. Aquella era toda una mujer, o, más exactamente, toda una Lolita insinuante, coqueta y deseosa. Cuando me echaba de menos, me telefoneaba de madrugada desde algún tugurio infecto en el que había ido a parar en busca de trabajo, y me pedía que fuese a buscarla, que la llevase mi casa, que la dejase dormir conmigo, que la invitase a una última copa. Cuidaba su aspecto especialmente, y sabía lo bien que le sentaban a sus piernas de palillo las faldas muy cortas, y después, la lencería fina. También le sentaba de maravilla no llevar nada. Era de mi misma estatura, quizás un poco más delgada, y entre los dos nos las arreglábamos para retozar por el suelo del salón hasta hacer cosas que jamás me imaginé que haría, o que ni siquiera pudiesen hacer. Ha pasado mucho tiempo ya, y no recuerdo su nombre (¿Tal vez “Cris”?) Algún diminutivo, creo. No sé tampoco que habrá sido de ella, si es que sigue con vida. Dejé de responder a sus llamadas cuando comprendí que aquello estaba yendo, por una vez, “demasiado lejos”. No tanto por su devoción por la heroína, que nos proporcionaba el sexo más placentero que uno pueda imaginar, algo así como sexo al cuadrado, algo increíble, sino porque, lo mirase uno por donde lo mirase, una historia de amor entre un joven doctor en ciernes y una prostituta insaciable y transexual, no podía terminar bien, y nunca encajaría en una fiesta. Siempre le he tenido mucho respeto a la heroína, en serio, y suelo decirle no. Pero la verdadera droga, la que iba a acabar conmigo si yo no acababa con ella antes, era aquella diablilla, aquella mujercita en un cuerpo como prestado, a la que uno podía hacer inmensamente feliz tan sólo diciéndole que la encontraba guapa, o abrazando su cuerpo sudado con el que se acostaba una recua de viejos sarnosos cada noche. Pero que conste, que salvo excepciones, lo cierto es que con el tiempo he aprendido, no tanto a enamorarme menos a menudo, sino a hacerlo, al menos, razonablemente. En cuanto a Marina, cuando supo que escribiría sobre ella, se le ocurrió que tal vez podía explicar su pasado oscuro como dama de compañía en Reykiavik, como amante de un Jeque Árabe ya fallecido, o sus dotes como profesora de sexo tántrico y otras lindezas. Sin embargo, no acabo de verlo claro. Yo no creo que para lograr una historia interesante uno deba guardar en su currículo un buen montón de experiencias limítrofes, haya de ser un tipo extravagante, extraño, ni que todas esas extravagancias suplan, de ninguna manera, lo interesante de llevar una vida normal, o al menos de llevar una vida normal interesante. De hecho, lo cierto es que cuando me enamoré de Marina no lo hice por ninguna de esas estupideces que me pide que escriba sobre ella, sino más bien, porque la primera vez que nos fuimos juntos de viaje, me hizo pasar el mejor par de días que puedo recordar, paseando las riberas del Douro en Porto, comiendo espaguetti mientras anochecía, y obligándome a arrastrarla a empujones, no sin esfuerzo, fuera de una maravillosa librería de viejo que encontramos por casualidad, de vuelta al hotel. Me enamoré de ella porque, cuando le mostraba mis insufribles intentos de novelas, recién perpetrados, los leía encantada, y porque, incomprensiblemente, le gustaba todo lo que yo escribía. Casi tanto como a mí, cuando se ponía a leer en los semáforos cualquier novelita que guardaba en el salpicadero, tener que avisarla de que el disco se había puesto verde, sacarla de su ensueño, y que la sinfonía de bocinas que atronaba unos metros atrás lo hacía por nosotros y que, si no arrancaba de inmediato, acabaríamos teniendo algún problema con un regimiento de conductores exhasperados, o añadir, con un falso tono de enfado, que ni siquiera una mujer inteligente como ella, por muchas tareas que pudiese acometer a la vez, debería leer novelas en francés mientras conduce, ni en ningún otro idioma, y que no importaba que leer y conducir no estuviese tipificado como infracción en ningún código, y que, se pusiese como se pusiese, algunas cosas de las que hacía, y lo decía honestamente, no me acababan de parecer del todo prudentes, la verdad.