Para el profesor TS, inspirador de este blog junto con sus secuaces de Princeton, con todo el cariño
"Alguien tiene que hacerlo", me digo a menudo, como tratando de justificar lo que en realidad me parece injustificable, sea lo que sea lo que estoy tramando, por más insólito que me parezca, por más que intuya que puede resultar peligroso, que no merece la pena, que no tiene sentido o que no es procedente… “alguien tiene que hacerlo” me repito, recorriendo el salón de mi apartamento arriba y abajo, ahogado en un mar de dudas, atusándome la escasa barba, rascándome la cabeza, pellizcándome el pecho, víctima de los argumentos, de los pros y los contras, de mí mismo en definitiva y, por si fuera poco, generalmente en vano, porque toda ortodoxia en mi caso lleva las de perder, y la duda inicial alimenta sobremanera el placer furtivo de la consecución, y no hay batalla posible contra el dilema enorme, no hay otra posibilidad, porque un solo momento de debilidad desemboca, irremisiblemente, en pasar a la acción, en ponerme al asunto en el que he estado barruntando durante horas, y debo perpetrarlo, he de lanzarme a ello, y “ello”, no nos engañemos, es más apetitoso cuanto más socialmente incorrecto, más ruidoso, más descarnado, más punible o más venéreo sea el riesgo que comporta. A este respecto, puedo añadir que cierto amigo al que, para mantener su anonimato, llamaremos Oscar Wilde, dijo una vez que la mejor forma de librarse de una tentación es caer en ella. No le faltó razón. Pero lo que me gustaría saber, lo que a menudo me pregunto sin encontrar respuesta, es en realidad, no cómo librarme de las tentaciones (suelo seguir el “Método Wilde” a rajatabla), sino por qué demonios, por qué yo, maldita sea, incurro en tantas, tan variopintas y a cualquier hora del día. A cierta edad, tanta tentación, tanta caída, lo cierto es que resulta agotador. Y veces, incluso demasiado caro...La prostitución: Es cierto que durante una época (y mis amigos los músicos tuvieron mucho que ver en el asunto), frecuenté ese submundo de colonias baratas y faldas brevísimas, de bellezas rumanas, desnudas e impertérritas bajo un abrigo de pieles blanco, sentadas en el salón de mi casa durante noches enteras, sin atreverme a tocarlas por miedo a despeinarlas, de sudamericanas casi tan fogosas como ávidas mi dinero, de africanas esculturales que no saben hacer el amor, de europeas descarriadas de su buena familia, de árabes entregadas como la mejor de las amantes que uno pueda imaginarse…hasta que finalmente descubrí que con cualquiera de ellas sólo caben dos posibilidades, dos únicas respuestas acertadas entorno al puterío, dos conclusiones bien distintas pero igualmente poco recomendables: en primer lugar, lo más común, que es que con la hembra en cuestión, a esas alturas, la vida hubiera sido tan ingrata, que no hubiese remedio de lo suyo, que la pobre fuese ya carne de cañón más que refrita, y que la cosa no pudiese salir bien de ninguna manera, que en su "compañía”, uno acabase sintiéndose como el más vulgar, el más rastrero de los exploradores nocturnos, como el más ignominioso de los sádicos con tarjeta de crédito pero, por encima de todo, y así era como ellas solían mostrarme su insufrible desprecio, uno acabase sintiéndose aterradoramente solo, tan solo seguramente como cualquiera de ellas se debía sentir en momentos así, absolutamente desamparado y triste, y tan vacío como por entonces lo estaban mis bolsillos etcétera... o bien, de lejos menos a menudo, podía suceder que la muchacha, inesperadamente bella y educada, dulce y sensual, fuese un ser adorable que no había perdido en absoluto su dignidad, capaz de mantener conversaciones sobre psicoanálisis o la guerra de Irak, tan encantadoras que uno corría el peligro de enamorarse, y de caer así en las garras de una especie de máquina tragaperras suave, insaciable, y divinamente rasurada. Así que lo dejé. Dejé todo eso de los partidos, de los encuentros amistosos, del juego al toque y de las medias puntas, de la delantera y de la alineación, del contragolpe, de los medios centros, dejé todo eso del fútbol en definitiva, que es como mis amigos los músicos llamaban en argot, y para mantener la discrección, a lo que habitualmente la mayoría de los maridos entienden por “irse de putas”. Jugué unos cuantos partidos, lo reconozco, y recuerdo encuentros formidables, especialmente contra la selección de Argentina. Era un fútbol vistoso y elegante el suyo, salvo excepciones claro, para nada violento, un equipo entregado a su arte, hecho de excelentes profesionales, pintalabios carísimos y bolsos de Armani. Las putas Argentinas además de putas, solían ser unas mujeres cultas y sensuales. Pero la realidad es que no hay mística posible en una mujer desnuda y desencantada, no cabe el romanticismo en una mujer encorvada a los pies de la cama, en una infeliz que, tras quitarse la ropa y esparcirla por el suelo sin dejar de escudriñar su reloj, te pregunta con aterradora frialdad, sin mirarte a la cara, de buenas a primeras: “¿Qué quieres que hagamos, cariño”? No hay mística en ello. No hay placer. Es una tentación estúpida. Y no hay demasiado fútbol en ello. No hay Fair Play. Y lo cierto es que en la mayoría de las ocasiones, durante los encuentros, ni siquiera llegaba al campo la pelota, y que Freud sólo avivó los prolegómenos dos veces o tres, si no recuerdo mal. Sobre este asunto de las tentaciones, al menos en mi caso, tanto dilema acaba resultando agotador, ya digo, sobre todo a una edad en la que uno trata de llegar fresco a su trabajo, y no con la mirada incandescente, oliendo a sexo con los hombros caídos y el pulso tembloroso, lo cual, dicho sea de paso, es algo que mis pacientes agradecen muy especialmente. No obstante, lo que también es cierto es que hay maneras de suplir todo ese esfuerzo, la entrega y las horas de resaca, los días después, de disfrutar la afición de infringir de un modo más sereno, más fácil de llevar. Más saludable... Si hay una forma poderosa de violentar las normas, de dinamitar las conciencias, de atizarle en el hígado a las mentes burguesas y adocenadas (y este mi último gran descubrimiento), no es necesariamente incurrir en el hecho, no es la acción. Toda esa entrega, todo ese agotamiento no sirve en realidad de nada si uno no lo exhibe, y la forma más sencilla de hacerlo es la palabra. Para qué he de dejarme el pellejo en el camino, para qué he de caer sufridamente, de hincar mis rodillas en el pedregoso camino, si hay una forma mucho más simple de escandalizar, y mucho más barata normalmente, que no es otra cosa que la palabra. Para qué necesito ir a ver al insoportable de mi camello, para qué necesito castigar mi pobre cuerpecito, para qué voy a regalarle mi dinero a ese pobre infeliz pudiendo contarlo. Eso me pregunto yo. Y lo cierto es que bien pensado, sé que no necesito hacerlo. No es preciso. Eso me digo yo a mí mismo: no es preciso, una y otra vez: “No es preciso”. Pero que no sea preciso no implica, de ninguna manera, y menos en mi caso, que no piense en hacerlo. Porque lo cierto es que el tipo vive a la vuelta de la esquina, a tiro de piedra...Y en un apartamento bastante más grande que el mío, el muy cabrón.